Cuando, de muy chico leí “El vuelo de los cóndores”, Abraham Valdelomar me pareció un niño de pecho porque, para ese entonces, yo ya había tenido varios romances imaginarios y decepciones reales y tangibles con niñas trapecistas, malabaristas y contorsionistas, y hasta con la hija del domador de leones, por la cual yo estaba decidido a transformarme en cachorro de tigre de Bengala, o de elefante de Sumatra, si eso hubiera sido posible para acercarme a su turbadora figura.Eneas Marrull
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